sábado, 17 de febrero de 2018

EL NOMBRE INEFABLE


Otro símbolo importante es el Nombre Inefable. El tetragrámaton o palabra inefable (el nombre incomunicable) considerado como se debe, no es más que un símbolo, si bien hay que confesar que es el que más ha influido en los ritos de la antigüedad, si se exceptúan quizá los relacionados con el culto solar. No conocemos ningún sistema antiguo de iniciación en que no ocupara un lugar importante. Sin embargo, como fue el primer símbolo que la Francmasonería espuria del paganismo corrompió al separarse del primitivo sistema patriarcal y sacerdotal, es necesario empezar su investigación estudiando su naturaleza israelita, con objeto de discutir completamente el tema.

Los judíos veneraban profundamente el Nombre de Dios, que nosotros pronunciamos al acaso Jehová, porque desconocemos cuál es su verdadera pronunciación. Este nombre fue el que comunicó el Todo Poderoso a Moisés, para que fuera empleado por su pueblo elegido diciéndole junto a la zarza ardiente: "Así dirás a los hijos de Israel: Jehová, el Dios de vuestros padres, el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob, me ha enviado a vosotros. Este es mi nombre (Jehová) para siempre, y éste es mi memorial para todos los siglos." Más adelante declara todavía con mayor énfasis que ese es su nombre verdadero diciendo: "Yo soy Jehová, y aparecí a Abraham, a Isaac y a Jacob, bajo el nombre de El Shaddai (Dios Omnipotente); más en mi nombre Jehová no me notifiqué a ellos."

 
Hemos conservado para los dos nombres la voz original hebrea. El Saddai, "el Ser o Dios Omnipotente", era el nombre con que hasta entonces le conocieron los patriarcas; su significado es análogo a la de Elohim, el creador del mundo, según, el primer capítulo del Génesis. Pero el nombre de Jehová no se reveló al pueblo hasta la época de Moisés. El nombre de Dios, anunciado con toda solemnidad y consagrado religiosamente en esas escenas y acontecimientos, llegó a ser adorado por los israelitas con profunda veneración y con verdadero temor. Y para añadir mayor misticismo a la cosa, los cabalistas leían el siguiente pasaje cambiándole una sola letra: "Este es mi nombre para siempre", o como dice el original "Zeh shemi l' olam" que escribiendo así "eh shemi l' alan significa: "Este es mi nombre que debe ocultarse en secreto." Esta interpretación pronto se convirtió en precepto, siendo obedecida estrictamente hasta en nuestros días, a pesar de fundarse en un error craso y probablemente intencionado.
 
Los judíos conservan muchas opiniones y fábulas supersticiosas sobre este nombre pomposo y como les habían prohibido que no lo mencionaran en vano, decidieron no pronunciarlo jamás. Lo sustituían por la palabra Adonai y por otras, siempre que tenían que leerlo o pronunciarlo, y, a veces, se referían a él denominándolo simple y enfáticamente el Nombre. Algunos suponían que bastaba repetir este nombre para producir hechizos, y hasta hay quien asegura que nuestro Salvador produjo todos los milagros (que no niegan) empleando místicamente el nombre venerable. Véase el Toldoth Jeshu, obra difamatoria escrita por un judío del siglo XIII. En la pág. 7 de la edición de Wangenseilius, publicada en el año 1681, se detalla sucintamente cómo entró el Salvador en el templo y llegó a poseer el santo nombre:
 
"Leusden dice que había prometido dar cierta cantidad de dinero a los judíos pobres de Amsterdam, cuando pronunciase deliberadamente el nombre de Jehová, pero que tuvo que renunciar por no atreverse".

"Los brahamanes pronuncian, temblando de temor y tapándose los labios con la manga del traje, el nombre del Todopoderoso."
 
Los judíos piadosos jamás pronuncian la palabra Jehová, que sustituyen por Adonai o Señor siempre que la encuentran en la escritura; práctica seguida por los traductores de la versión inglesa de la Biblia con escrupulosidad casi judía, puesto que la palabra Jehová del original ha sido traducida invariablemente por la voz Señor.
 
En otras versiones se han tenido también los mismos escrúpulos. La versión de los setenta traduce "Jehová" por "Kupios" Kyrios; la Vulgata, por "Dominus", la Alemana por "der Herr" y la inglesa por "Lord", todas las cuales equivalen en español a "Señor". La versión francesa emplea el título de "I'Eternel"; pero el Isaías Lowth, así como la versión swendenborgiana de los Salmos, y otras traducciones recientes han restaurado el nombre original, comprendiendo el verdadero valor de esta palabra.
 
La pronunciación del tetragrámaton terminó por perderse al ser abandonada, pues, dado el carácter peculiar de la escritura hebrea que carece por completo de signos vocales, las letras, que son siempre consonantes, no pueden dar idea de la verdadera pronunciación de una palabra, si antes no se ha oído. Para que el lector pueda comprender esto fácilmente vamos a intentar dar una explicación. El alfabeto hebreo consta únicamente de consonantes. Los sonidos vocales se insertaron siempre oralmente y nunca se marcaron en la escritura hasta que los masoritas inventaron "los puntos vocales", en el siglo sexto de nuestra era. Como el lector suplía los sonidos vocales correspondientes a cada palabra por haberlo aprendido oralmente, no sabía pronunciar las palabras que no había oído. Así como nosotros sabemos que "Dr." se pronuncia doctor y "Ud." usted, por haber oído antes enunciar estas combinaciones de letras, y no porque den el sonido que les atribuimos, los judíos sabían por la constante práctica y no por las letras en si, cómo debían vocalizarse las consonantes que formaban las palabras de uso corriente.

Pero como nunca se pronunciaban en su presencia las cuatro letras de que se compone la palabra Jehová, sino que sustituían por la voz Adonaí, y esta combinación de cuatro letras no daba indicación alguna de cómo debían pronunciarse, acabaron los judíos por perder la enunciación verdadera. Sin embargo, dícese que había una persona que conocía el verdadero sonido de las letras así como la pronunciación propia de la palabra. Era ésta el gran sacerdote, quien la oía de labios de su antecesor y conservaba el recuerdo de su sonido pronunciándolo tres veces; el día del año, el día de la propiciación y cuando entraba en el santo de los santos del tabernáculo o del templo.
 
Si las tradiciones de la Francmasonería son ciertas, los reyes debieron participar también de este privilegio, pues dícese que Salomón poseía la palabra y que la comunicó a sus dos colegas en la construcción del templo. Esta es la palabra que se llamó "Tetragrámaton" por tener cuatro letras y, que, debido a su inviolabilidad sagrada, se denominó "inefable" o impronunciable.
 
Los Cabalistas y Talmudistas la han rodeado de numerosas supersticiones, la mayor parte de ellas tan absurdas como increíbles, si bien todas tienden a demostrar la gran veneración en que siempre le han tenido. Así por ejemplo, dicen que esta palabra posee poderes ilimitados, y que quien la pronuncia, conmueve los cielos y la tierra e inspira terror y pasmo hasta a los mismos ángeles.
 
En el tratado talmúdico, Majan Hachochima, citado por Stephelin en la pág. 131 del capítulo 1, de la Rabbinical Literature, se dice que, comprendiendo correctamente el Shem Hamphorash, se posee la clave para interpretar todos los misterios. Y dice este tratado, que: "Sabiéndolo comprenderás las palabras de los hombres, el lenguaje del ganado, el canto de los pájaros, el habla de las fieras, el ladrido de los perros, la conversación de los demonios, la lengua de los ángeles y de las palmeras, el movimiento del mar, la unidad de los corazones, el murmurio de la lengua y hasta los pensamientos de las entrañas.

Los rabinos lo llamaban "Shem Hamphorash", es decir, "el nombre declaratorio", y decían que David lo encontró grabado en una piedra mientras cavaba la tierra Debido a que se veneraba este nombre como cosa tan sagrada, raras veces, si alguna vez se hizo, se escribía por completo y, por esta causa, se inventaron numerosos jeroglíficos y símbolos para expresarlo. Uno de ellos era la letra... YOD, equivalente a I ó YE (y griega) del alfabeto español, que era la inicial de la palabra.
A menudo se inscribía en un triángulo, siendo esta figura geométrica un símbolo de Dios. Este símbolo del nombre divino merece toda nuestra atención, puesto que, no solamente ocupa el triángulo en muchas religiones antiguas la misma posición, sino que el símbolo completo es el origen del jeroglífico exhibido en el segundo grado de la Francmasonería, en que, si bien se explica de igual manera, su forma se ha adaptado al inglés en lo que respecta a la letra.

 
La letra "G", empleada en el grado de compañero masón no debió de haberse admitido jamás en la Francmasonería por creerse que es un anacronismo absurdo, que podría haberse evitado si se hubiera conservado el símbolo hebreo. Pero sea como fuere, y no siendo posible que la letra "G" se pueda sustituir ahora, no tenemos más que recordar que en realidad es un símbolo de otro símbolo. La veneración del nombre de Dios estuvo muy difundida. Y, por esta causa, su simbolismo se encuentra en todos los ritos antiguos bajo diferentes formas. Por ejemplo, los esenios, conservaron la verdadera pronunciación del nombre inefable, que se comunicaban susurrándoselo al oído entre ellos en los ritos sagrados, haciéndolo de forma que, mientras conocían las partes de que se componía, éstas se hallaban tan separadas, que la palabra completa era un misterio. Los egipcios, cuya relación con los hebreos fue más inmediata que con ningún otro pueblo, empleaban este nombre sagrado como palabra de paso para poder ser admitidos en los misterios. La ceremonia iniciática de los misterios brahamánicos terminaba comunicando al aspirante el sagrado nombre triliteral "Aum", cuyas tres letras simbolizaban el principio creador, el conservador y el destructor del ser supremo, personificado en las tres manifestaciones de Brahma, Shiva y Vishnu. Estaba prohibido pronunciar en voz alta esta palabra, que constituía el objeto de meditación de los piadosos indios.

En los ritos persas se revelaba a los candidatos recién iniciados un nombre inefable. El nombre de Mitra, principal divinidad de estos ritos, que sustituía al Jehová hebreo y representaba al Sol, tenía la particularidad de que el valor numérico de las letras de que se componía sumaba precisamente 365, que es el número de días que tarda la Tierra en dar una vuelta alrededor del Sol o, según ellos creían, era la duración de una revolución completa del Sol en torno de la Tierra.

En los misterios llevados a Grecia por Pitágoras se encuentra de nuevo el inefable nombre de los hebreos, aprendido, sin duda, por el sabio de Samos cuando estuvo en Babilonia. Jámblico dice que Pitágoras marchó desde Mileto a Sidón, creyendo que por allí podría ir más fácilmente a Egipto, que, mientras estuvo en aquella ciudad, se inició en los misterios practicados en Biblos, Tíro y otras poblaciones de Siria, y que no hizo esto obedeciendo a motivos supersticiosos, sino por temor de que, si no aprovechaba esa oportunidad, podría dejar de adquirir algún conocimiento de estos ritos que fuera digno de estudio. Pero como los fenicios habían recibido estos misterios de Egipto, Pitágoras se trasladó a este último país, en donde permaneció veintidós años, dedicándose a estudiar geometría, astronomía y todas las iniciaciones de los dioses hasta que los soldados de Cambises le llevaron cautivo a Babilonia. Doce años después, Pitágoras volvía a Samos a la edad de sesenta años.

El símbolo adoptado por él para expresar el concepto de Dios, era, no obstante, algo diferente, pues constaba de diez puntos distribuidos en forma de triángulo, de modo que cada lado tuviese cuatro puntos (como la figura expuesta al principio de este texto).
 
La punta del triángulo tenía un solo punto, debajo de ella había dos, luego tres, y, por último, la base constaba de cuatro. Según el número de puntos de que se formaba cada hilera, los pitagóricos trataban de representar la moneda, o principio activo de la naturaleza; la duada o principio pasivo; la triada, o el mundo emanado de su unión; y la cuaterniada, o ciencia intelectual. El número total de los puntos, diez, simbolizaba la perfección y la consumación. Los pitagóricos conocían esta figura con el nombre de "Tetractis", palabra equivalente al tetragrámaton por su significado. Era tan sagrada, que por ella juraban los aspirantes a los ritos pitagóricos guardar escrupulosamente los secretos y ser fieles. "Le confiaban las palabras sagradas, siendo la principal la inefable Tetractys, o nombre de Dios".
 
El Dios Supremo de los escandinavos y los cabalistas, que se daba a conocer en los misterios, tenían doce nombres, siendo el de "Alfader" o padre universal el principal y más sagrado.
 
El nombre sagrado de Dios empleado por los druidas era "Hu", que es una modificación del tetragrámaton hebreo, aunque Bryant supone que lo aprendieron de labios de Noé. En realidad es el pronombre masculino hebreo que puede considerarse como simbolización del principio masculino o fecundador de la naturaleza, especie de modificación del culto fálico.
 
Los Britanos elevaron a la categoría de principal Dios-demonio a Hu, el poderoso cuya historia es precisamente la de Noé; y, como su carro se componía de rayos de sol, es de creer que le adornaron en conjunción con este astro. Con la misma superstición se puede relacionar cuanto se dice de su luz y rápida carrera. El nombre sagrado de los druidas nos recuerda la última y quizá la más filosófica especulación sobre el verdadero significado y pronunciación del inefable tetragrámaton, debida a la ingeniosa inteligencia del célebre Lanci.
 
Los antiguos creían que el ser supremo era bisexual, incluyendo en la esencia de su ser los principios masculino y femenino y las fuerzas fecundantes y generativas de la naturaleza, doctrina universal de todas las religiones antiguas, desarrollada en el símbolo del Falo y del Cteis entre los griegos, y en el correspondiente del Lingam y el Yoni, entre los orientales, de cuyos símbolos sederiva el masónico "punto dentro del círculo". En todos ellos se enseñaba que Dios, el creador, tenía los dos sexos.
 
La ortodoxia no puede objetar nada en contra de esta teoría, si se considera bajo el punto de vista espiritual, con que sus primeros expositores trataron de presentarla, y no con el significado grosero y sensual que más tarde recibiera. Porque no tomando la palabra "sexo" en su acepción corriente, que indica una particularidad física, sino en el sentido puramente filosófico, único que puede adoptarse en este caso, no se puede negar que el ser supremo posea en sí un poder masculino y otro femenino.

Todos los dioses varones (de los antiguos) se pueden reducir a uno: la energía generativa, y todos los femeninos a otro: el principio prolífico. En realidad, todos pueden englobarse en una gran Hermafrodita, el que combina en su naturaleza todos los elementos productores, y que continúa conservando la vasta creación, surgida de su voluntad.

Lanci, con su notable inventiva, ha encontrado en el tetragrámaton o nombre de Jehová esta idea tan difundida en las naciones de la antigüedad; y lo más interesante, es que con este descubrimiento ha podido demostrar cuál era la verdadera pronunciación de la palabra. Al detallar este descubrimiento filológico, trataremos de exponerlo del modo más comprensible para quienes no conocen la estructura de la lengua hebrea, pues de este modo podrán apreciar en seguida su carácter peculiar, sin tener que recurrir a explicar detalles innecesarios.

El nombre inefable, el tetragrámaton, el shem lamphorash (con todos estos nombres se conoce) consta de las cuatro letras yod, het (con h aspirada), vau y het que forman la palabra, la cual se lee, de acuerdo con el carácter de la lengua hebrea, hacia atrás, o sea, de derecha a izquierda, empezando por la yod y terminando por la het. La primera letra, la yod, se pronuncia como la I española; las letras segunda y cuarta, het, tienen el sonido de h aspirada; la tercera, la vau, suena como o abierta. Ahora bien leyendo estas cuatro letras, o I, o H, u O, y H, según lo exige el hebreo, de derecha a izquierda, se tiene la palabra, que equivale en español a IH-OH, cuya pronunciación es lo más aproximada posible a la de los patriarcas a pesar de no ser ninguna de las siete formas de enunciación corrientes de la palabra. Pero pronunciándola de esta manera, no tiene significación alguna, ya que no existe en hebreo la palabra ihoh, y como todo nombre hebreo tiene su significado, es evidente que su pronunciación no es ésta, sino otra. Ahora bien, Lanci descubrió su pronunciación como sigue:

En la cábala se deducen a menudo los significados ocultos de las palabras trasponiendo o invirtiendo las letras de que se componen. Este fue el procedimiento que emplearon los cabalistas. Ahora bien, invertir una palabra es en español leerla de derecha a izquierda, pues nuestra forma de lectura es de izquierda a derecha; en hebreo sucede lo contrario, pues para invertir una palabra hay que leerla de izquierda a derecha. Lanci aplicó esta costumbre cabalística al tetragrámaton en cuanto encontró el IH-OH, y leyéndola a la inversa obtuvo la palabra HO-HI.

Pero en hebreo ho es el pronombre masculino, equivalente a él, y he es el femenino, equivalente a ella; y por lo tanto, la palabra HO-HI, traducida literalmente significa EL-ELLA; es decir que, leyendo cabalísticamente el nombre inefable, tenemos el principio masculino y femenino, las energías generativa y prolífica de la creación.
 
Vuelve, pues, a repetirse una vez más el tan difundido símbolo del falo y del cteis, del lingam y el yoni, o su equivalente el punto situado dentro del círculo, lo cual es otra prueba evidente de la relación de la Francmasonería con los misterios antiguos.
 
Con esto el siguiente pasaje del Génesis hasta ahora incomprensible no lo sería (I, 27): "Y creó Dios al hombre a su imagen; a imagen de Dios lo creó: macho y hembra los creó". No podrían ser a imagen de IHOH, si no hubieran sido macho y hembra.
 
Los cabalistas han agotado su ingenio y su imaginación especulando sobre el nombre sagrado. Algunas de sus investigaciones son verdaderamente dignas de estudio. No obstante, creemos haber dicho ya bastante para hacer resaltar la importante posición que este nombre ocupa en el sistema masónico y capacitamos de los símbolos con que se representa. Los antiguos representaron el nombre del Ser Supremo por medio de jeroglíficos, prefiriendo éstos a las palabras, debido a la gran reverencia, o mejor dicho a la supersticiosa veneración que les infundía.

Por ejemplo, las últimas investigaciones de los arqueólogos han demostrado que en todos los documentos demóticos o comunes, los nombres de los dioses se representan invariablemente por medio de símbolos; ya hemos aludido también a las diferentes formas con que expresaban los judíos el tetragrámaton. Igual costumbre prevaleció en otras naciones antiguas.

La Francmasonería del universo, a quien por costumbre se designa en los escritos con las iniciales G.·. A.·. D.·. U.·., se presenta también con varios signos, tres de los cuales vamos a explicar. Son éstos: la letra "G", el triángulo o equilátero y el ojo que todo lo ve".

De la letra "G" hemos hablado ya. Esta letra del alfabeto español no puede aceptarse como símbolo apropiado de una institución, cuyos orígenes datan de los mismos comienzos del lenguaje humano, pues le faltan los dos elementos de antigüedad y universalidad que deben caracterizar a todo símbolo masónico. No cabe duda alguna de que su forma actual es la corrupción del símbolo hebreo: la letra yod, con que se acostumbraba a expresar el nombre sagrado. Esta letra es la inicial de la palabra Jehová, o Ihoh, como ya hemos demostrado antes, que se encuentra constantemente en las obras hebreas, como símbolo o abreviatura de Jehová, cuya palabra no se escribía nunca entera. Pero como la "G" es la inicial de la palabra "God" (Dios), equivalente a Jehová, las logias modernas la han elegido para sustituir la voz hebrea, cosa que, al parecer, ha sido errónea.
 
Teniendo, pues la letra G la significación y fuerza de la palabra hebrea yod, puede considerarse que es, como su prototipo, un símbolo de la energía vivificante y conservadora de Dios, expresada en la palabra Jehová o Ihoh energía generativa y prolífica del Creador.
 
El "ojo que todo lo ve" es quizás el símbolo más importante del gran ser. Los hebreos y los egipcios lo emplearon debido a que las almas imaginativas tienen tendencia natural a elegir un órgano del cuerpo para simbolizar la función que tratan de representar. Así, por ejemplo, el pie era el símbolo de la rapidez; el brazo, de la fuerza, y la mano, de la fidelidad. Basándose en el mismo principió, eligieron el ojo abierto como símbolo de la vigilancia y el ojo de Dios pará representar la vigilancia y custodia divina del universo.
 
Los autores hebreos, emplean repetidamente este símbolo con tal sentido. Así, el Salmista dice (Salmo XXXIV, 15): "Los ojos de Jehová están sobre los justos, y atentos sus oídos al clamor de ellos", con lo cual se explica el siguiente pasaje: "He aquí no se adormecerá ni dormirá el que guarda a Israel" (Salmo CXX, 4).
 
En el libro apócrifo "De la conversación de Dios con Moisés en el Monte Sinaí", traducido por el Rev. W. Cureton de un manuscrito árabe, y publicado por la Sociedad Philobiblon, de Londres, se simboliza la eterna vigilancia de Dios con la siguiente alegoría:
 
"Y, luego, dijo Moisés al Señor: ¡Oh, Señor! ¿Duermes o estás despierto?
 
El Señor respondió a Moisés: Yo no duermo jamás; pero toma una copa y llénala de agua".
 
Entonces Moisés tomó una copa y la llenó de agua, como el Señor se lo había ordenado, el Señor derramó en el corazón de Moisés el hábito del sueño; por lo cual se durmió, la copa se le cayó de la mano, derramándose el agua que contenía.
 
Moisés se despertó entonces, y Dios le dijo:
 
"Por mi poder y por mi gloria declaro que si dejara de proteger con mi providencia a los cielos y a la Tierra tan sólo el corto espacio de tiempo que has estado dormido, caerían en la ruina y en la confusión, como la copa que se desprendió de tu mano".
 
Obedeciendo al mismo principio hebreo, los egipcios representaron a Osiris, su Dios Principal, por medio del símbolo de un ojo abierto, y colocaron este jeroglífico en todos sus templos. En los monumentos solían representar su nombre simbólico con un ojo acompañado de un trono, al cual añadían la figura abreviada de Dios y, a veces lo que se ha dado en decir que es un hacha, y a que más bien parece la representación de una escuadra: El "Ojo que todo lo ve" puede considerarse como símbolo de Dios omnipotente su aspecto conservador y guardián, al que alude Salomón en el libro de los Proverbios, cuando dice: "Los ojos de Jehová están en todo lugar mirando (nosotros preferimos traducir vigilando) a los buenos y los malos" (cap. XV, 3). Este es un símbolo de la divinidad omnipresente.

Nos queda el triángulo. No hay símbolo más difundido, ni que tenga más distintas aplicaciones en todo el sistema de la Francmasonería espuria y de la pura. Todas las naciones han adoptado el triángulo equilátero para simbolizar a Dios. Ya hemos dicho antes que los hebreos empleaban esta figura con una Yod en el centro para representar el tetragrámaton o nombre divino.

Los egipcios creían que el triángulo equilátero era la figura más perfecta y que representaba el gran principio de la existencia animada, refiriéndose cada uno de sus lados a cada uno de los reinos de la creación: el animal, el vegetal y el mineral. Los egipcios simbolizaban la naturaleza universal por el triángulo rectángulo, representando el lado perpendicular a Osiris, o principio masculino; la base, a Isis, o el principio femenino, y la hipotenusa, a su hijo Horo, o mundo emanado de la unión de ambos principios. Todo lo cual, no es, al fin y al cabo, sino el falo y el ctesis, o el lingam y el yoni, con forma diferente.

 
Pitágoras adoptó el símbolo del triángulo rectángulo cuando, tiempo más tarde, visitó las orillas del Nilo. La Francmasonería conmemora el descubrimiento hecho por este sabio en relación con las propiedades de esta figura, incluyendo el problema cuarenta y siete del primer libro de Euclides entre los símbolos del tercer grado. En realidad fueron los sacerdotes egipcios quienes enseñaron a Pitágoras esta relación.
 
Este problema simboliza místicamente lo mismo que la figura egipcia, o sea, la creación del mundo por medio de la unión de los principios masculino y femenino, o activo y pasivo de la naturaleza. Porque, siendo el teorema geométrico que los cuadrados de la perpendicular y de la base son iguales al cuadrado de la hipotenusa, puede decirse que aquellas han producido a ésta, del mismo modo que Osiris e Isis al mundo. Representando la perpendicular (Osiris o principio masculino y activo), por una línea cuya medida sea 3; y la base (Isis, o principios femenino y pasivo), por otra cuya medida será 5; pues el cuadrado de 3 es 9, y el de 4, 16; siendo 25 el de 5; pero 9 y 16 es igual también a 25. De modo que el cuadrado de la hipotenusa es la adición o unión de los cuadrados de la perpendicular y de la base, de la misma manera que la unión de los principios y activos produce el universo según el sistema egipcio.
 
En la edad media, el pueblo ignorante dejó de representar a Dios simbólicamente, y siguiendo las inclinaciones de su materialismo, pintó al Padre en la forma de anciano. Numerosas pinturas irreverentes de este género pueden encontrarse en los libros religiosos y en los edificios construidos en Europa nada menos que en el siglo XII. Pero con la llegada del renacimiento volvieron los artistas a tener gustos más refinados, y desde entonces se ha representado al Ser Supremo por medio de su nombre inscrito en un triángulo equilátero, colocado dentro de un círculo de rayos. Didrón presenta en su valiosísima obra Christian Iconography, uno de estos símbolos, grabado en madera en el siglo XVII, cuya copia puede verse al principio esta página.

Pero hasta en los tiempos primitivos en que pintaban a Dios como si fuera una persona, el nimbo o aureola que rodeaba la cabeza del Padre tenía forma de triángulo. Didrón dice: "Por tanto, el nimbo triangular era el atributo exclusivo de Dios y, particularmente, del padre eterno. Las demás personas de la trinidad llevan, a veces, el triángulo, si bien esto ocurre solamente en las representaciones de la trinidad y porque el Padre se encuentra con ellas. Y hasta en este caso, se suele representar al padre con un triángulo, mientras que el hijo y el espíritu santo llevan tan sólo un nimbo circular".

En todas las épocas y religiones el triángulo ha sido el símbolo de Dios.

Los egipcios, griegos y habitantes de otras naciones antiguas creían que esta figura, con sus tres lados, simbolizaba la energía creadora que desplegándose en los principios masculinos y femeninos, o activo y pasivo, producían el universo; los cristianos le asignaban a su dogma de la trinidad, manifestaciones del Dios supremo; y los judíos y los, primitivos francmasones a los tres periodos de la existencia incluidos en la significación del tetragrámaton: el pasado, el presente y el futuro.
 
El triángulo es el símbolo más importante en los grados superiores de la Francmasonería, y toma generalmente el nombre de "Delta", para aludir a la cuarta letra del alfabeto griego, que tiene la misma forma y se llama de esa manera.
 
La Delta, o triángulo místico, se rodea generalmente con un círculo de rayos, que recibe el nombre de "gloria". Cuando esta gloria no toca a las figuras y la rodea en forma de círculo (como en el ejemplo de Didron que acabamos de citar), simboliza la eterna gloria de Dios. Cuando los rayos emanan del centro del triángulo encerrándolo dentro de su brillo, cosa que se acostumbra hacer en el emblema masónico, simboliza la luz divina.
 
Los paganos, relacionaban estos rayos con los rayos de luz de su Dios-Sol y su culto sabeo. Pero la verdadera idea masónica de esta gloria o aureola es que simboliza la luz eterna de la sabiduría circundando al Supremo Arquitecto como un mar de gloria, que emana el universo de su ser como de un centro común. A esta gloria se refiere el profeta Ezequiel, cuando describe elocuentemente a Jehová:
 
"Y vi una cosa que parecía como de ámbar, como apariencia de fuego dentro, de ella en contorno: por el aspecto de sus lomos más arriba, y desde sus lomos más abajo, vi que parecía como fuego, y que tenía resplandor alrededor" (Cap. I, vers. 27).
 
Dante también ha descrito la luz que nimba a la Divinidad diciendo:

Hay en el cielo una luz que hace visible al creador a toda creatura que sólo funda su paz en contemplarle; y se esparce en forma circular por tanto espacio, que su circunferencia sería un cinturón demasiado anchuroso para el Sol.

 
Todavía es más notable, por su relación con la fraseología masónica, el siguiente pasaje del paraíso perdido de Juan Milton (libro VII). Con su mano asió los áureos compases, preparados en la fábrica divina para circunscribir este universo y todas las cosas creadas; clavó una punta en el centro, hizo dar a la otra numerosas vueltas en la vasta profundidad y oscura, y dijo: "Hasta aquí te extenderás y llegarán tus límites; ésta será tu circunferencia, oh, universo". Y Dios creó así el cielo y el mundo.
 
Otros célebres autores, por ejemplo el francmasón Voltaire, se han valido de esta alusión poética al Todopoderoso como Arquitecto y Geómetra Omnipotente del Universo.
 
Por esta razón el triángulo, o delta, es el símbolo de la divinidad. En geometría una línea recta no puede representar una figura perfecta o demostrable. De ahí que esta figura simbolice al Dios eterno, cuya naturaleza es infinitamente perfecta. Pero el triángulo en realidad se refiere únicamente a Dios en calidad de ser eterno, ya que sus tres lados representan el pasado, el presente y el porvenir. Algunos simbolistas cristianos han dicho que los tres lados representan al padre, el hijo y el espíritu santo; pero, con ello destruyen la unidad divina, haciendo una trinidad de Dios en la unidad de una divinidad.

La trinidad gnóstica de Manes estaba formada por un Dios y dos principios: el bueno y el malo. La India, simbolizada también con un triángulo, se compone de Brahama, Shiva y Visnú; el creador, conservador y destructor, representados por la Tierra, el agua y el aire.

 
La simbolización del Dios eterno por medio de un triángulo, ha sido la causa de que en todas las religiones importantes se creyese que tiene tres aspectos, ya que los tres lados sugerían las tres divisiones de la divinidad. Pero en las religiones paganas así como en las orientales esta trinidad no venía a significar sino un triteísmo.
 
Recapitulando, pues, cuanto hemos dicho en relación con los tres símbolos de la divinidad que posee el sistema masónico, podemos decir que cada uno expresa un atributo diferente. La letra "G" es el símbolo del Jehová existente por si mismo. El "Ojo que todo lo ve" es el emblema de Dios omnipresente. El "triángulo" es el símbolo del Supremo Arquitecto del Universo, el creador; y, cuando está rodeado de los múltiples rayos de gloria, del Arquitecto y otorgador de luz.

Ahora bien, ¿No es acaso todo este predominio del nombre de Dios en tantos símbolos del sistema masónico religioso de la institución? ¿No existe tras de ello un simbolismo más profundo, que constituye, en realidad, la esencia misma de la Francmasonería?
 
"Los nombres de Dios" (dice un sabio teólogo), "tienen por objeto comunicar la sabiduría de Dios. Por medio de ello, pueden percibir los hombres algunas escasas ideas de su majestad, bondad y poder esenciales, y saber en quién hemos de creer y lo que debemos creer de El".

Estas palabras pueden aplicarse también a la admisión de los nombres en el sistema francmasónico. Para nosotros, sin embargo, el nombre de Dios es un símbolo de la VERDAD DIVINA que el francmasón debe buscar incesantemente.

 
 
 
 

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