miércoles, 13 de diciembre de 2017

MEDITAR EN EL TEMPLO DE SALOMÓN

 
 
- ¿Qué es una logia perfecta?
 
- El interior de un corazón sincero"
 
(manuscrito Essex21, circa 1750).

Cada uno de los tres cuadros de logia asignados a la cámara de aprendices, compañeros y maestros se inspiran, respectivamente, en las tres sucesivas estancias o partes del templo de Salomón. A partir de esto, a cada uno de estos tres grados se le han atribuido tradicionalmente una serie de símbolos específicos cuyo estudio y reflexión debe contribuir a despertar en el masón un proceso de interiorización que le lleve a una cierta comprensión.
 
Aparentemente, este sistema de reflexión y meditación en el Templo de Salomón planteado en masonería, parece proponer una forma de meditación que utiliza los aspectos formales y decorativos de un edificio como medio para concentrar la atención al modo en que, por ejemplo, los budistas meditan en un mandala o los griegos lo hacían en sus diagramas.
 
No obstante, sin perjuicio de lo anterior, cuando los practicantes del Arte Real se refieren al Templo o a meditar en el Templo, están aludiendo a otra cuestión mucho más sutil ¿Cuál es?
 
Ciertamente, los textos antiguos se remiten al Templo de Salomón como sede de la primera logia masónica. Así, el manuscrito Edimburgo del año 1696 redactado a modo de catecismo, a la pregunta "¿Dónde estuvo la primera logia?", responde; "En el atrio del templo de Salomón". Y en otro catecismo titulado “La masonería diseccionada” (1730), se explica que la Logia o Templo abarca todo el espacio de este a oeste, de norte a sur, una altura de "innumerables Pulgadas, Pies y Yardas, tan alta como los Cielos" y una profundidad tal que llega "hasta el Centro de la Tierra", es decir, no tiene límites.
 
Esto parece identificar el templo al Universo e incluso situarlo en un lugar sin medida, inconmensurable, ilocalizable, es decir, más allá o fuera del espacio. Y en este contexto de la espacialidad, abarcarlo todo es como abarcar nada. ¿Qué indican estas paradojas?
 
Si bien por un lado se asimila el templo al mundo o al universo, en otros textos masónicos, se asocia el templo al interior del corazón. Así, el manuscrito Essex (circa 1750), antela pregunta "¿Qué es una logia perfecta?", enseña a responder; "El interior de un corazón sincero". Con esta asociación Templo-Logia-Mundo-Corazón se pretende mostrar al masón que aquello que busca se encuentra en todas partes y, a la vez, dentro de él mismo, en el interior de su propio corazón.
 
Pero este interior o centro del corazón se equipara al lugar más secreto y reservado del templo en donde mora la Divinidad; el Sancta Sanctorum. Se trata de la tercera estancia del templo de Salomón, a la que solo podía acceder el Sumo Sacerdote en unos días determinados del año. El Antiguo Testamento explica que el ascenso a la parte superior del Templo de Jerusalén (el Sancta Sanctorum) “se efectuaba por una escalera de caracol” (1 Reyes, 6, 8); y ese es precisamente el tema iconográfico de la plancha del grado de compañero en ciertos ritos.
 
En masonería, la cámara del medio representa esa tercera estancia del templo a la que solo puede acceder un verdadero maestro. La expresión "cámara del medio" aparece por primera vez en un catecismo del año 1730 titulado "la masonería diseccionada". Allí puede leerse:
 
“P. – ¿Cómo llegasteis a la Cámara del medio?
 
R. – Por una Escalera en espiral...”.
 
No debe perderse de vista el hecho de que el texto no solo está mostrando un recorrido físico, moral o virtual a través de las tres estancias del templo de Salomón, sino sobre todo, está indicando simbólicamente que la finalidad del auténtico masón que comprende bien el Arte, es acceder al Sancta Sanctorum.
 
¿Qué hay en el Sancta Sanctorum?
 
El Antiguo Testamento explica que dicha estancia custodiaba el Arca de la Alianza en la que se encontraba depositada la revelación hecha por Dios a Moisés. Pero dicha divina revelación no se limita solo a aspectos materiales (es decir, la Torah escrita), pues también fueron revelados otros aspectos más espirituales (la Torah del corazón) que debían ser confiados o enseñados de la boca al oído sólo a aquéllos que buscaran una mayor intimidad con Dios.
 
Ahora bien, con esto no se está haciendo referencia solo a una doctrina que pueda ser enseñada o aprendida, sino sobre todo a un estado o "morada" espiritual. En efecto, en otro catecismo masónico titulado “Secretos de los francmasones”  se enseña que las tablas de la ley simbolizan el espíritu del hombre:
 
- ¿Qué habéis visto en el momento de vuestra recepción?
 
- He visto el tabernáculo erigido por el Gran Maestro Moisés…
 
- ¿Qué representan las tablas depositadas en el Tabernáculo?
 
- Es un símbolo de nuestra alma.
 
Por tanto, el recorrido del aprendiz masón a través de las estancias del Templo hasta llegar a la tercera y última cámara en donde se muestra la Divinidad, simboliza el itinerario del hombre desde la infancia psíquica y mental hasta que recupera su madurez espiritual entendida como toma de conciencia de su naturaleza real.
 
¿Por qué es tan importante este tercer recinto de templo de Jerusalén? Ciertamente, para la mística judeo-cristiana de todos los tiempos, el Templo de Jerusalén ha sido y es fuente de visión o inspiración profética, y especialmente el tercer recinto situado en el piso superior en el que se custodiaba el Arca de la Alianza, dado que sobre ella se manifestaba la Presencia de Dios (Ruach HaKodesh o Shejinah) envuelta en una nube.

Son diversos los pasajes bíblicos que refieren este misterioso acontecimiento decidido por la propia Divinidad. Baste por todos ellos Éxodo 25, 22 en el que Dios dice a Moisés: “Estaré en comunión contigo y te hablaré desde el propiciatorio, de entre los dos querubines que están sobre el Arca del Testimonio”.

Pero nuevamente se ha de insistir en que conviene no confundir el Templo físico, con el Templo espiritual. En la oración inaugural del Templo de Jerusalén, Salomón advertía que “¿Habitará Dios con los hombres en la tierra? Los cielos y los cielos de los cielos no pueden contenerte, ¡cuánto menos este templo que yo te he construido!” (II Crónicas 6,18).
 
Que el Templo de Jerusalén era tema de meditación desde antiguo se puede comprobar en la narración de la primera visión de Samuel. Allí se dice que “la lámpara de Dios aún no se había apagado y Samuel yacía en el Templo de Dios, donde se encontraba el Arca” (1 Samuel 3, 3). Tal y como han advertido numerosos comentaristas, como por ejemplo Rabí Isaac Abarbanel (1437-1508), Samuel no podía estar durmiendo en el Templo porque incluso sentarse estaba prohibido, lo que significa que la palabra “yacer” indica que estaba meditando en el Templo. En el mismo sentido aparece la expresión en Eclesiastés 2, 23: “Aun de noche, su corazón no yace”, es decir, no duerme. En efecto, la palabra “yacer” (Shakhav), además de la acepción usual de estar tumbado o durmiendo, también se refiere a la privación sensorial provocada por la meditación.
 
En definitiva, esto indica que Samuel recibió su primera visión profética después de meditar intensamente en el Templo (Espíritu) para rogar la Shejinah o Presencia Divina manifestada en el Sancta Sanctorum.
 
Y es precisamente en el Templo donde únicamente se podía pronunciar el Tetragramaton (Bet HaMikdash), pues es “el lugar que Dios escogerá… para poner su Nombre allí” (Deuteronomio 12, 5). Y en Salmos 91, 14 dice Dios; “puesto que me ama, lo salvaré, lo elevaré, pues ha conocido mi Nombre”. De ahí que el conocimiento del Nombre de Dios no sólo muestra un medio de alcanzar el estado profético, sino que también representa la posesión de dicho estado y el acceso a los Misterios Mayores. Por eso, el respeto, misterio y poder que confiere el Nombre secreto de Dios es tal que no debe pronunciarse, sólo puede ser articulado con la laringe y la lengua mediante una técnica que se conoce como “tragar” el nombre Divino.
 
Por otra parte, el Templo de Jerusalén es una hierofanía que surge del Templo de la Jerusalén celeste. El viaje extático de Ezequiel en un Carro (Merkava) a través de una serie de mundos, moradas o estados de consciencia denominados hekalot («palacios») reproduce el peregrinaje del místico hacia la versión ideal o celestial del Templo de Jerusalén hasta llegar al Trono de Dios, sobre el que estaba “una figura de apariencia humana” (Ezequiel 1, 26), el Hombre Celeste o Adán Kadmón.
 
En otras tradiciones mistéricas se acude también a la metáfora del Templo para significar el lugar a-espacial y atemporal del espíritu. Numerosas máximas de los pitagóricos se referían a la correcta disposición mental para orar o meditar:
 
“Cuando entres en el templo, adora, allí no dirás ni harás nada relativo a la vida”. Siendo el Templo el corazón o el mundo interior del espíritu, con ello se hacía referencia al esfuerzo por mantener la atención libre de imágenes y pensamientos para alcanzar un estado contemplativo. Igualmente, los pitagóricos, con la máxima “No entres en el templo mientras vas de camino sin objetivo ni propósito, ni adores en los callejones ni en las encrucijadas; ni delante de las puertas ni en el vestíbulo”,  se referían a la adecuada actitud del que busca conocerse a sí mismo a través de la práctica contemplativa pero se acerca por curiosidad, o permanece apegado a los diversos requerimientos del mundo profano, o mantiene alguna reserva o nudo mental o psicológico.
 
En el Nuevo Testamento también se acude a la metáfora del templo como espacio sagrado en el interior del hombre. El hombre es un templo en el que habita Dios. “Jesús dijo: Destruid este templo y en tres días lo levantaré. Entonces replicaron los judíos: Cuarenta y seis años se han empleado en edificar este templo, ¿y tú vas a levantarlo en tres días? Pero Él hablaba del templo dentro de Su Cuerpo” (Jn. 2, 19-21). Dice san Pablo; “¿No sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros?” (I Cor. 3, 16-17).
 
Pues bien, en ese Templo interior hay, a su vez, una cámara secreta o recóndita a modo de Sancta Sanctorum en la que mora Dios escondido tras una densa nube. Al atravesar dicha tiniebla se produce el íntimo contacto entre Dios y el Alma. Se trata de la visión beatífica, la visión de la Luz. Como es sabido, Dionisio Areopagita se inspiró en diversos pasajes bíblicos alusivos a las tinieblas místicas para describir este estado espiritual que califica como nube del no-saber o del no-conocimiento.

Concretamente se basa en versículos como estos:
 
“En torno al Señor hay una nube oscura” (Sal. 97, 2); “Por el gran esplendor de su presencia se interpusieron nubes” (Sal. 18, 13), o en la consagración del templo de Salomón descrita en el libro I de los Reyes; “la nube había llenado el templo de Yahweh... pues la gloria de Yahweh llenaba el templo.
 
Entonces Salomón dijo: Yahweh puso el sol en los cielos, pero ha decidido habitar en densa nube” (I Reyes 8, 10-12). Esa nube del no-saber es el estado de pureza primigenia del que se ha desapegado de los pensamientos aunque solo sea por unos instantes.
 
En esa nube mora Dios o se revela Dios; “Y la gloria de Yahweh traspasó el umbral del templo y se posó sobre los querubines” (Ezequiel 10, 18), pues está escrito que "Yo he de aparecer en una nube sobre el propiciatorio" (Lev. 16, 2), de modo que "Cuando Moisés entraba en la Tienda del Encuentro para hablar con El, oía la voz que le hablaba de lo alto del propiciatorio que está sobre el arca del Testimonio, entre los dos querubines. Entonces hablaba con Él" (Números 7, 89).
 
¿Cómo acceder al interior del Templo-corazón? Aquí llegamos a otro de los temas esenciales; el pasaje bíblico de la expulsión de los mercaderes del Templo. Ya el maestro Eckhart identificaba a los comerciantes con todos los obstáculos que hemos de remover para vaciarnos y desasirnos. “Dios quiere tener vacío este templo de modo que no haya nada adentro fuera de Él mismo. Es así porque Él mismo está muy a gusto en este templo siempre y cuando se encuentre ahí a solas” (Sermón Intravit Iesus in templum).

¿Por qué es necesario vaciar el templo? “Pues luz y oscuridad no pueden existir juntos, no más que Dios y la criatura: Si Dios debe entrar, es preciso que el creado salga” (Tratado Del Nacimiento Eterno). Para “ver la luz” hay que localizar y expulsar a los mercaderes, es decir, a quienes se acercan a Dios en busca de premios y compensaciones por sus obras. Mercader es el “ego” que solo concibe acercarse al mundo espiritual si puede ser beneficiado; mercader es quien medita o reza con el pensamiento de pedir, rogar, ofrecer, etc. Tal actitud puede tener sentido cuando se dan los primeros pasos en el Arte Real, pero pueden llegar a ser un obstáculo si se quieren avanzar en la Vía, porque para que entre la Presencia de Dios es necesario desalojar el Templo. Y el Templo esta vacío cuando se persevera el silencio mental.
 
Y en efecto, para que Dios hable debe haber silencio absoluto.
 
Insiste el maestro Eckhart en que el Templo debe estar vacío de pensamientos: “Mirad, debéis tenerlo por cierto: si alguna otra persona, fuera de Jesús solo, quiere hablar en el templo, o sea, en el alma, Jesús se calla como si no estuviera en casa y tampoco está en su casa en el alma porque ella tiene visitas extrañas con las que conversa. Pero si Jesús ha de hablar en el alma, ella tiene que estar a solas y se debe callar ella misma si es que ha de escuchar a Jesús. Entonces entra Él y comienza a hablar” (Sermón Intravit Iesus in templum).

En suma, Dios no necesita de pensamientos ni de imágenes para comunicarse con el Alma. Por tanto, todo pensamiento, ya sea bajo la forma de imagen, deseo o recuerdo, es un obstáculo que se interpone entre Dios y el Alma. Pero repárese en que vaciar de objetos el templo (alma) no es necesariamente una operación de renuncia material que implique una retirada del mundo o una vida eremita sino que supone especialmente una orientación adecuada ante el mundo, porque los objetos son neutros. El problema, como dice Eckhart, no son los objetos sino nuestra actitud ante ellos: “la culpa de la perturbación, no la tienen los modos de proceder ni las cosas: quien te perturba eres tú mismo a través de las cosas, porque te comportas desordenadamente frente a ellas” (Collationes 3). Y tal desprendimiento, simpleza o pobreza espiritual es la única que puede provocar que «El templo esté vacío… como cuando todavía no era». De ahí que ese vaciamiento interior equivalga a un regreso al estado virginal anterior a la creación y al ser nacido; “el alma no puede volverse pura si no es empujada otra vez a su pureza primigenia, tal como Dios la creó” (Sermón Vidi civitatem sanctam Ierusalem).
 
Igualmente, para un jesuita del siglo XVII, Miguel de Molinos, el alma es como un templo que ha de ser cuidado para que Dios more en su interior. El alma “es el tabernáculo de la divinidad... debes tener siempre pacífico el corazón para conservar puro ese vivo templo de Dios”. Para abrir la puerta del templo es necesario primero cerrar la puerta al mundo “Estándote en la nada, cerrarás la puerta a todo lo que no es Dios; te retirarás aún de ti misma y caminarás a aquella interior soledad, adonde el divino esposo habla al corazón a su esposa, enseñándola la alta y divina sabiduría”.
 
Una vez cerradas las puertas de los sentidos, se abre la puerta a la tierra feliz de los vivientes; “Por esta puerta [la nada] has de entrar a la tierra feliz de los vivientes, donde hallarás el sumo bien, la caridad, la belleza de la justicia, la derecha línea de la equidad y rectitud; y en suma, toda perfección».
 
Este es el despojamiento de los metales, es decir, de los pensamientos. Especialmente del metal más pesado y poderoso que es el pensamiento “yo”. De ahí que cuando en masonería se insiste en que “durante la construcción del templo no se escucharon martillos, sierras ni instrumentos de hierro” (II Crónicas 6,7), hay una velada alusión al fundamento del Arte Real como disciplina del silencio mental, especialmente del pensamiento “yo”, que es el metal más pesado. Y por eso se dice en Génesis 20, 25 que “si me haces un altar de piedra, no lo construirás con piedra tallada, ya que al labrarlas con escoplo (la mente) lo profanarías” (Éxodo 20,22).
 
El desapego a los pensamientos produce la verdadera Paz. Y a partir de allí es posible construir el Sagrado Templo a la Gloria del Gran Arquitecto del Universo.
 
Fuente:
Charlas Para Masones; Los Métodos de Meditación.
Autor: E. Doraval.
 
 
 
 

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