viernes, 8 de diciembre de 2017

NOEMI Y RUTH

 
En el Antiguo Testamento, en el Libro de Ruth, se cuenta que Elimélek, cuyo nombre significa: mi Dios es rey, su esposa Noemí, que significa: mi dulzura, y sus dos hijos varones, se establecieron en las tierras de Moab procedentes de Belén de Judá.
 
Al cabo del tiempo Elimélek murió dejando viuda a Noemí con sus dos hijos. Estos tomaron por esposas a dos mujeres moabitas, Orpá y Ruth. Años después los maridos de ambas también murieron, quedando Noemí sola con sus dos nueras.
 
Entonces, Noemí, anciana y sin otros hijos, comprendió que no podía dar nada a las dos jóvenes y les pidió a éstas que volvieran con sus respectivas familias y rehi­cieran sus vidas junto a los suyos, ya que ella había decidido retor­nar a la tierra de sus antepasados. Orpá, que significa: la que vuelve la espalda, accede y deja a Noemí, pero en cambio Ruth, cuyo nombre significa: la amiga, se niega a abandonar a su suegra:

“No me niegues que te deje y que me aparte de ti; porque adonde quiera que tú vayas, yo iré; y dondequiera que tú vivas, yo viviré. Tu pueblo será mi pueblo, y tu Dios será mi Dios,”

Y la acompaña en su regreso a Judá. Ruth toma pues la decisión de continuar adherida a la familia de su difunto esposo, y por eso mismo a su Tradición. Ya en Belén, y dado que era el tiempo de la siega, Ruth va a recoger espigas a los campos de Boaz, un pariente de Noemí, recibiendo de éste como salario por su trabajo, una porción de grano, suficiente para alimentarse ella y Noemí. Boaz queda impresionado por el trabajo sin descanso de la joven moabita así como por la noble acción de ésta hacia su suegra.

Finalmente cuenta el relato cómo siguiendo las instrucciones de su suegra, Ruth se casará con Boaz, por ser éste el pariente a quien corresponde, según las costumbres del levirato (costumbre que tenía como fin evitar que las viudas quedaran sin recursos), el rescate de la joven, es decir que debía actuar como goel el hermano (levir) del esposo, o bien el pariente más próximo, lo cual significaba atender o desposar a la mujer de la familia que ha quedado viuda y sin hijos. Siendo por sus cualidades, según continúa el relato bíblico, que Ruth se hace merecedora de restablecer esta cadena dinástica.

He aquí cómo es a través de Ruth, que con firme decisión resti­tuye la Tradición, que Noemí se convierte de nuevo en madre espi­ritual de Ruth y en la abuela legítima del hijo que su nuera tiene con Boaz, ya que de acuerdo a las leyes tradicionales de la tierra de Judá el hijo de Ruth, Obed, (el servidor), es hijo de viuda, puesto que Boaz pasa a ocupar el puesto del esposo muerto, restableciéndose con el fruto de este levirato, el lazo de la genealogía de David, de la que nacerá el propio Cristo.

Los masones podemos reconocer en este relato del Libro de Ruth una historia simbólica, tremendamente rica y muy cercana a nosotros mismos por cuanto nos consideramos "Los Hijos de la Viuda".

El que Ruth, ante la disyuntiva de desligarse de la Tradición donde fue recibida por matrimonio, esto es, libremente y por amor, decidiera permanecer vinculada a ella, ofrece una correspondencia simbólica perfecta con el propio proceso de la iniciación, y con las pruebas de que consta, las que siempre exigen un acto de afirma­ción permanente. Un acto que nos de la medida de nuestra libertad.

Tras recibir la iniciación virtual, el aprendiz masón debe perse­verar por comprender los símbolos y los ritos de la tradición a la que se ha adherido, procurando a través del estudio y la investiga­ción desvelar su mensaje, para que esa iniciación se haga efectiva. Por ello es imprescindible integrarse totalmente en la Orden, con­fiar en los símbolos y ritos que la Masonería, rama de la Tradición Primordial, ha puesto a nuestro alcance, convencidos de que sólo la adhesión sincera al modelo habrá de culminar dándonos los fru­tos que nuestro propio esfuerzo habrá merecido. Convencidos de que sólo el conocimiento del modelo nos habrá de dar la cualificación que necesitamos para trascenderlo.

Recordaremos que es precisamente en la columna B, donde los aprendices masones reciben su salario, como Ruth recibió de Boaz, el cereal que ganó con su trabajo. El hecho de que en algunas Lo­gias la Biblia se disponga abierta justamente por el Libro de Ruth, muestra la importancia que para los masones tiene el mensaje im­plícito en esta leyenda mítica, que aparece además como símbolo en ciertos altos grados.

En realidad se trata de ser coherente con el propio camino em­prendido, con un "ponerse al orden" de aquella energía que nos hizo tomar una decisión y una vía en busca de una salida vertical que nos libere del plano chato de una existencia vulgar. Cualquier resultado que obtengamos dependerá de la importancia que de­mos en nuestra vida a esa toma de decisión inicial, y de la perseve­rancia en el estudio y el trabajo, pues en eso radica el rito del ma­són, y por consiguiente es el único modo capaz de hacernos vencer flaquezas y pérdida de memoria. En definitiva si en algún momen­to ha existido furor intelectual, la tarea consiste en conseguir man­tener el fuego vivo, es decir nuestras ganas de Conocer, o la pasión por el Conocimiento.

Tanto Orpá como Ruth tienen en sus manos la decisión de seguir o no la Tradición de sus esposos; ya que a ambas se les presenta la oportunidad de escoger libremente continuar adheridas o por el contrario desvincularse de ella; es pues una referencia simbólica que tiene que ver con el libre albedrío, y en definitiva con la opción de escoger, que siempre es una manera de definirnos. El masón, como Ruth, debe seguir a su corazón y sus más nobles sentimien­tos antes que el argumento razonado y egoísta por el que se decan­ta Orpá.

Esta idea está perfectamente expresada también en la carta VI del Tarot, El Enamorado. En esta lámina se ve a un joven que se halla entre dos mujeres que le invitan a seguir el camino que cada una de ellas representa. Mientras una le señala sus partes exteriores, sus ropajes, atrayéndole hacia la corriente del punto de vista exterior y profano, la otra, que le está señalando su corazón, le muestra la vía de las pasiones más elevadas, el corazón como sím­bolo del Amor Verdadero. Aunque lo que mayormente están indicando ambas simbólicas, la bíblica y la hermética, es que está siempre en la libertad de cada cual escoger el camino más acorde con nuestra naturaleza. El libre albedrío no puede ejercerse si antes no se reconocen esas dos fuerzas, la espiritual-intelectual, y la material, y se aprende a distinguir de qué modo ejercen su influencia sobre nosotros. Los pitagóricos expresaban esta misma idea me­diante la letra Y. Un mismo tronco que se bifurca en dos direcciones, idéntico a la idea contenida en el caduceo de Hermes.

Los masones somos Filósofos de la Naturaleza. De la Cosmogo­nía extraemos el conocimiento de nuestra ciencia, la Ciencia Sagra­da, que es aquella que nos enseña a descubrir las relaciones armónicas del Universo, y donde vemos el símbolo de una arquitectura Divina. Por eso somos también constructores de ideas y amantes de la Cultura y del Saber acumulado por nuestros maestros y antepasados. Arquitectos de un modelo de sociedad que organiza de igual modo tanto al grupo social, como el interior de cada hombre, porque hemos comprendido que micro y macro, (Hombre y Cos­mos) son sólo dos puntos de vista desde donde enfocar una misma realidad, el Ser Universal.

Por eso, y porque no se construye una obra grande si no se empieza por lo más pequeño de ella, el masón trabaja fundamentalmente en la sociedad interna, jerarquizando y priorizando dentro de sí, ya que la obra de su interés es él mismo. El Arte Real, como también se denomina a la Masonería, consiste en lograr la coheren­cia de aquello que se edifica en todos los actos de nuestra vida, no en vano se dice en nuestro ritual:

“Acabar fuera la obra emprendida dentro de nuestro Templo.”

Cada vez que realizamos una tenida revivimos, mediante el rito, una energía-fuerza con la que alimentamos la llama de nues­tro corazón, encendida el día de nuestra iniciación, pero es fuera del Templo, en nuestra cotidianidad donde debemos hacer que siga ardiendo la llama ardiente de ese amor, contagiando toda acti­vidad y pensamiento de nuestra vida; esa es nuestra obra interna y a la vez nuestra obra en el mundo.

Para finalizar quiero traer a luz las palabras de Federico Gonzá­lez vertidas en su libro Simbolismo y Arte que son síntesis y brújula de una enseñanza antigua:

En cuanto a los trabajos del "aprendiz" lo primero es llevar la idea de rito a todos los ámbitos de la vida y su cotidianidad personal. Lo segundo es saber que esto no debe realizarse nunca de manera literal, de una forma lineal, sino que más bien se trata de vivir al ritmo del compás cósmico, advirtiendo la sacralidad del entorno fí­sico-anímico, derivado de un ser espiritual, tan invisible como inte­ligente. No es pues sólo una sistematización de gestos e invocacio­nes que siempre acaban de forma esclerotizada, sino la intuición de la Verdad y la Belleza reunidas armónicamente en el cuerpo de la Inteligencia universal, deidad tan precisa como esquiva, siempre aérea y radiante.

En nuestra Logia, que es una representación simbólica de todas las fuerzas que rigen en el mundo, la columna B (Boaz) donde se sitúa el 1º. Vigilante, es la columna de la Fuerza, y es ahí donde los aprendices masones reciben su salario, es decir es de la propia fuerza, y de la propia iniciativa, de donde el masón obtiene su recompensa, ya que esa "propia fuerza" individual, no es otra que la Propia Fuerza del Creador, es decir, del Eterno Maestro de Obras como llamó nuestro antepasado Cornelio Agrippa, al Gran Arquitecto del Universo. Por eso se dice en nuestros rituales:

“Porque el sol finaliza su curso en el Oeste; también el 1º. Vigilante está allí para pagar a los obreros pues los salarios [es decir las obras] son la fuerza y el sostén de la existencia.”




 

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